CINE | LA CONDICIÓN HUMANA

Pacifismo y humanismo: Kaji y la condición humana

Algunos políticos bien harían en empaparse de los valores que desprenden las grandes obras cinematográficas de la historia.
Fotograma de la primera parte de la trilogía de "La condición humana": "No hay amor más grande". Dirigida por Masaki Kobayashi.
Fotograma de la primera parte de la trilogía de "La condición humana": "No hay amor más grande". Dirigida por Masaki Kobayashi.
Pacifismo y humanismo: Kaji y la condición humana

Por ejemplo, podrían comenzar por conocer la historia de Kaji, un joven estudiante japonés recién doctorado que viaja a las minas de Manchuria para mejorar las condiciones de vida de unos presos de guerra chinos sometidos a unas brutales condiciones de explotación. El contexto: Segunda Guerra Mundial, con China y Japón enfrentadas en una cruenta guerra de desgaste y la Unión Soviética amenazando con intervenir militarmente como venganza por su derrota en la guerra ruso-japonesa.

Kaji, el protagonista, es un idealista que cree que el humanismo es la única vía que dignifica al hombre, por lo que se enfrenta a sus superiores, que están sometidos a las directrices de un ejército tiránico e intransigente. Él prefiere arrostrar la injusticia, jugarse su puesto de trabajo y hasta la vida por unos valores en los que cree con un fervor que causa incredulidad. "Mañana revelarás si eres un asesino que lleva la máscara del humanismo o si puedes merecerte la palabra más hermosa del mundo: humano", espeta el líder de los prisioneros chinos al protagonista cuando este se enfrenta a la decisión más difícil de su vida: sacrificar su carrera y su futuro por enfrentarse al Kenpeitai, la policía militar del Ejército Imperial Japonés. Masaki Kobayashi, director de la espectacular trilogía, plantea infinitas preguntas que oscilan sobre cuestiones antibelicistas: ¿Es posible sobrevivir siendo un pacifista en un mundo enloquecido por la guerra? ¿Es el ser humano destructivo por naturaleza? ¿Dónde quedan los límites éticos y morales en el frente?

La trilogía de La Condición Humana está conformada por tres partes de unas tres horas y media de duración cada una: No hay amor más grande, Camino a la eternidad y La balada del soldado, esta última, a mi juicio, la más poderosa e impactante de las tres, donde se expone el inenarrable desgaste psicológico de un pelotón de soldados japoneses -liderados por Kaji- derrotados en una sangrienta batalla contra los soviéticos. Casi diez horas de cine pacifista que desgrana las consecuencias del sinsentido de la guerra y que se muestra inmisericorde con el sistema militar japonés, al que critica por su brutal disciplina y absurdo nacionalismo excluyente. No es de extrañar que algunos de los fragmentos de La chaqueta metálica de Stanley Kubrick, como el suicidio del recluta Patoso después de las vejaciones sistemáticas de sus compañeros, o el periplo mesiánico del pelotón del capitán Miller en Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg, entre otras cintas magistrales en cuanto calidad narrativa y factura técnica, se inspiren en bastantes fragmentos de las tres cintas de Kobayashi, que son el culmen del cine japonés de los años cincuenta.

La Condición Humana plantea dos perspectivas diferentes ante la vida: la de quien quiere progresar en la bondad y la justicia y la de quien ha desistido y prefiere el camino sencillo del sometimiento. El eterno conflicto entre egoísmo, cobardía, altruismo y entereza; la luz y la oscuridad; el bien y el mal. "Un hombre no es poesía ni moral: es una masa de lujuria y avaricia que come y caga", dice un soldado en mitad de la cinta. Kaji, el idealista, pacifista y humanista, la antítesis de este planteamiento, quien prefiere sacrificar lo poco que le queda por salvar vidas, se transforma al final de este inmenso viaje en un soldado frío, de mirada perdida, destrozado por el martirio personal que le ha infligido un ejército sádico y despiadado y por la impotencia de haber visto -y hasta sido promotor- de la muerte de algunos de sus compañeros de filas. La guerra lo ha transformado, pero su espíritu, tras el doloroso periplo, ha dejado una marca indeleble. Kobayashi, quien combatió en las filas imperiales en la Segunda Guerra Mundial y conocía de primera mano el Ejército japonés, cree posible mantener los valores humanos tras la guerra. No cesa de repetirnos que ni siquiera la barbarie puede acabar con la justicia de los hombres buenos. Su trilogía recoge el viaje -no sin reminiscencias bíblicas- de un humanista a través del infierno; el más doloroso y patético de todos los que existen.

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