CINE | JOKER

Muecas de una masa silenciosa

Fotograma de la película "Joker" (2019)
Fotograma de la película "Joker" (2019)
Muecas de una masa silenciosa

Arde la ciudad entre risas nerviosas. Altas columnas de humo brotan de los contenedores en llamas. El halo ennegrecido característico de la urbe contaminada brilla rojizo en esta noche oscura. De vez en cuando, suena un disparo. El murmullo del tumulto impide el silencio. Hablamos de Gotham, pero bien podrían ser Hong Kong, Quito o Barcelona. No es casualidad que Joker muestre una sociedad sometida a un establishment que perpetúa las doctrinas instauradas por las grandes empresas y poderes. Ni que incida en las consecuencias de la brecha entre ricos y pobres. Ni que exponga la falta de principios éticos y morales de un público embrutecido. Hay demasiada actualidad entre las hirientes carcajadas de este payaso apaleado. ¿No es Arthur Fleck un reflejo del hastío con el sistema? ¿No trata también la película de la pérdida de la esencia humana entre los devastadores engranajes de las adicciones a las redes sociales, el juego, el consumo y todos los demás productos y vicios a los que insta la inmediatez? ¿De dónde viene si no el ensimismamiento e indiferencia –y después el apoyo incondicional– de quienes lo rodean?

Todd Phillips confesó en una entrevista que no trataba de hacer cine político. Es evidente que no es Costa-Gavras, pero creo que miente. Quizás ni él ni Scott Silver (co-guionista) lo hayan hecho adrede, pero el universo de Joker destila un profundo rechazo a la corrección política y retrata la creciente frustración de muchas personas por no poder progresar en un sistema estancado. Fleck es un paria, un don nadie apartado por la incomodidad que despiertan sus crisis de epilepsia gelástica (aquella extraña condición que le provoca esas risotadas en momentos inoportunos). ¿A alguien le extrañan sus reacciones agresivas? ¿No son los movimientos radicales consecuencia de la desconexión progresiva de ciertos sectores de la sociedad que se sienten discriminados? ¿Y no es el Joker la masa personificada en Trump, Salvini, Abascal u otros políticos populistas con rasgos totalitarios que han concentrado el voto de quienes no se sienten representados por el sistema? No me malinterpreten. No considero que toda rebelión desemboque en totalitarismos ni que los votantes de estos personajes estén todos perturbados, sino que la fisura del contrato social da alas a que algunos payasos que quieren revertir los avances que tanto hemos tardado en lograr alcancen el poder. Con razón algunos críticos la han catalogado como "El caballero oscuro de la Era Trump"

Joker nos hace reflexionar sobre la subordinación social inconsciente y el modo de rebelarse contra ella. Un fiel reflejo de la historia de la humanidad: sometimiento y revolución. Cuando la sociedad persigue una causa justa inunda las calles (o las urnas) movida por el fervor de la rebelión. Ir a contracorriente está en nuestra naturaleza. Sin embargo, el sistema es demasiado endeble cuando alguien decide minarlo desde abajo movilizando a los desencantados, y muchas veces los populistas y los demagogos aprovechan la ocasión para impulsar sus doctrinas. Corremos el peligro de que el germen revolucionario mute en salvajismo. Todos nos sentimos tentados ante el discurso fácil de algunos agitadores que apelan a emociones primarias, y hasta simpatizamos con el sufrimiento de un ser humano endeble al que han vuelto loco, pero no debemos olvidar que el cambio ha de provenir de la razón y del diálogo, algo que escasea hoy entre unos líderes políticos más apegados al inaguantable discurso electoralista que a la realidad de la gente. Por eso no debemos bajar la guardia y estar bien informados. Recordemos: la frustración, el recelo y el odio solo generan monstruos como el Joker. 55 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial dan cuenta de ello. Así que cojan más prensa de todos los colores y olvídense de Los Vengadores o de Batman: nadie vendrá a salvarnos cuando en las calles reine el caos. Solo las ideas pueden contrarrestar la barbarie.

Sobre la película debo decir que Joaquin Phoenix está inmenso, aunque su interpretación me pareció mucho más extrema y realista en The Master. Lo más interesante es ver cómo el patetismo del protagonista va generando un reconcomio cada vez mayor hacia el sistema. Finalmente, el odio estalla en violencia, como suele, y el loco de Fleck es aupado hacia el poder –un poder simbólico, no institucional– hasta convertirse en el Joker que todos conocemos por El caballero oscuro. Eso sí: el guion está lleno de baches , giros dramáticos inconsistentes y agujeros narrativos, por lo que dista de ser aquella obra maestra que tantos tratan de hacernos ver, aunque tiene un gran valor reflexivo y es un reflejo bastante fidedigno –me asusta decirlo– de los tiempos que nos esperan.

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