CRÓNICA

Mis primeras palabras

Dicen que las palabras permanecen por siempre. Aquí van las mías y por si fuera poco les abriré mi mente para que conozcan aquellas ideas cálidas, de quién soy y qué les vengo a contar. No sólo en esta breve columna, sino también en lo que vendrá, sin importar si se trata de una noticia o de un simple comentario.
Alrededores de donde ocurren las historias narradas en algún lugar de Connecticut, entre Norwalk y New Hampshire (Estados Unidos) | J. Alexandra Franco Muñoz
Alrededores de donde ocurren las historias narradas en algún lugar de Connecticut, entre Norwalk y New Hampshire (Estados Unidos) | J. Alexandra Franco Muñoz
Mis primeras palabras

Por años me ha inmovilizado el temor a escribir y se preguntará usted, cómo lo hago yo misma, ¿por qué entonces no desisto? Mi respuesta es que deseo me acompañe a ver el mundo a través de mis ojos.

Muchas notas, entrevistas, programas y noticias se ven por estos días. Contándole al mundo cómo avanza la pandemia y si la economía de su país está cayendo o si el hambre se confunde con la pobreza. Ahora bien, he decidido que este primer texto sea diferente. Por hoy estaré en mi papel cotidiano y espero brindarle un respiro en este abrumador momento.

En principio, he reconocido una sensación que me condena, en ocasiones, cuando voy a compartir una idea. Porque asumo la responsabilidad de mis palabras y el impacto que pueden causar, sea positivo o negativo. Por ello hoy hablaré de algunas madres que se han topado conmigo en el camino. No sólo de forma física, sino también emocional, permitiendo que mi escucha se albergue en sus historias y sentimientos, de forma directa o silenciosa. Unos 8033 kilómetros me separan de la mía. He decidido que, si estas son mis primeras palabras, será ella y su importante labor quien las protagonice.

En junio de 2019 me preguntaron cuándo podría narrar algunas historias que me fueron contadas. Hoy, a ella, le respondo.

Ellas

Hace aproximadamente un año viajé a otro país, donde trabajaba como cajera de un sitio de comidas y a su vez estudiaba en un Instituto de idiomas. Conocí para ese entonces a diferentes mujeres, madres que han emigrado a otro país por amor a su familia.

Victoria trabaja en una panadería durante el día y en las noches es lavaplatos de un sitio. Su vida se ve rodeada del infinito amor que tiene por su esposo e hijos. Su cabello rubio le hace juego con sus ojos marrón y su sonrisa permite que otros puedan conocer su historia, narrada en un tono levemente ronco. Olía como a miel fresca. Ha estado allí por casi dos años, y es tan dulce que llora de orgullo al mencionar a su hija.

Su jornada dura aproximadamente 18 horas y siempre me decía que no le alcanzaba el tiempo para lo que debía hacer. Pero al final empeñaba en lograrlo: lo tenía en ella, tenía alma de mamá. Vicky aún carga con esas arduas rutinas.

Lizzeth tiene el cabello negro, rizado y tez trigueña. Su sangre dominicana le hacía resaltar entre todas. Su olor era similar a las cremas de frutas. En ocasiones llevaba a su hija al trabajo y alguna de nosotras le servía la cena mientras nos enseñaba las nuevas canciones que había aprendido en el día. Lizz se sentaba en la mesa del servicio y me preguntaba si algún día podría incluir en mis escritos su historia. Hoy lo hago de forma breve y respetuosa. “Mama Lizzeth”, como le decíamos, afrontó momentos complicados, pero nunca dejó a sus hijos. Fue privada de su libertad y, según me contaba, esto forjó su carácter.

Siempre hablaba de la fuerza que debíamos tener como mujeres y cómo con una actitud de seguridad evitaríamos ser timadas por alguien. Ha sido una de las personas con más firmeza que he conocido: tenía alma de mamá. Su vida sentimental estuvo protagonizada por un hombre que la amó tanto como ella a él, pero lamentablemente murió. En los últimos años vivió atormentada por los maltratos de una nueva pareja que le causaba daño de forma física y emocional… Hasta el punto de tener que dormir armada para defenderse, en caso de ser atacada en medio de la noche. Finalizado el año, este último hombre falleció.

María. Su rostro y su mirada poseían la sabiduría de nuestras abuelas, aquellas que nos han enseñado a enfrentar la inexperiencia o a cubrirnos la espalda cuando más lo necesitamos. En las noches trabajaba de forma incansable, tanto, que al verla una quedaba sorprendida. Adoraba a su familia como un pájaro adora su lecho y siempre que sonreía sus ojos se achinaban y aparecía un toque rosa en sus mejillas. Si te acercabas podrías sentir su olor a pintalabios fresco. Pese a que su salud no era tan fuerte como antes, nunca se daba por vencida.

Solía hablar de sus nietos y de cómo le gustaba ser un ejemplo para ellos: “Que su abuela aún podía ser independiente”. Se sentaba a tomar su almuerzo y me decía que algún día podría irse a su casa sin preocuparse por el dinero o por su salud. Un alma maternal. Aún espero que pueda llegar ese día para ella.

Rosbin. Sus palabras eran un mundo aparte. Una mirada coqueta y un cabello que ondulaba en tonos de negro. Dos trabajos, al igual que las demás. Nunca dejaba de sonreír pese a sus extensas jornadas. En ocasiones sacaba su teléfono y mostraba imágenes de su hija diciendo que era tan hermosa como ella. Alma de mamá. Le gustaba bailar y llevaba consigo el olor amaderado de uno de los sitios donde trabajaba. Mencionaba su anhelo por ahorrar y regresar al sitio donde nació para darle a su familia lo que merecían: “Una casa y la tranquilidad de un hogar”. Siempre pensaba en ellos con la ilusión del reencuentro. En el último mes, una persona que fue como su padre falleció en ese lugar sin que ella pudiera verle.

Karen es una mujer fuerte que ha aprendido a sacar sus proyectos adelante, tanto en lo personal como en lo profesional. Tiene dos hijas por quienes da la vida, y lo digo de forma literal, pues ha osado su salud para protegerlas a ellas. Cabello negro, tez blanca y unos hoyuelos en las mejillas cuando sonríe. Es bilingüe y trabaja desde casa. Su olor dejaba huella, pues era mezcla del perfume que usaba para salir y su esencia propia. En las noches se sentaba a estudiar cuando lograba dormir a la más pequeña de la familia. En silencio leía y hacía su tarea.

Durante el día corría sin par. Recordaba el lugar donde creció y cómo en su niñez su abuela escuchaba uno de los artistas mexicanos de aquella época. La mencionaba siempre porque la extraña. Continúa siendo incondicional. Sus largas jornadas valdrán la pena, así como su alma maternal.

Para cerrar comprendo que faltan tantas, no sólo las conocidas, sino aquellas por escuchar y de las que aprender, incluyendo las que rodean mi familia. Pero quisiera dedicarle un último esmero a la mujer que me llevó a escribir estas líneas.

Beatriz tiene 39 años, tez morena como las bellas caribeñas y su cabello crespo cae en punta hasta los hombros. Su sonrisa aparca todos los malos momentos y su temperamento le caracteriza a la hora de tomar una decisión. Desde que la conozco ha tenido un aroma a rubor recién aplicado. Desde muy joven aprendió a ser compañera de una bebé que dependía de ella. Crecieron juntas y con el paso de los años llegó su segunda hija, por quien se convirtió en enfermera, cuidadora y también maestra. En ocasiones le angustia pensar a futuro porque no quiere verse lastimada si un día llegase a faltar alguna de ellas. Pese a las circunstancias, conserva su esencia y hoy me da la oportunidad de llamarle mamá.

Es así como cierro este texto, con unas líneas que pueden representar a Claudia, Fanny, Pilar, Clemencia y otras tantas mujeres que viven el camino de la maternidad. También a las que no pudieron serlo y a las que ya no están. Cabe resaltar el honor que llevan algunos hombres cumpliendo este papel en cientos de hogares. El mayor deseo que acompaña a mis primeras palabras es haberle acompañado con su imaginación y que se reconozca la continua lucha que tienen todas ellas, no sólo las que conoció aquí, sino todas en su extensión. No importa el día o el lugar, recuerde que las palabras permanecen por siempre.

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