OPINIÓN | TORNASOL DE IDEAS

El sanedrín de los cobardes

Carpentier consideraba que el pecador volcaba ante el confesionario el saco negro de sus iniquidades y concupiscencias, llevado por una suerte de euforia de hablar mal de sí mismo que alcanzaba el anhelo de execración. Lo opuesto a ese morboso deseo de autoflagelación –tan solo superado estos días por los sangrientos rituales chiíes de la Ashura– sería el burgués ególatra que cree gozar de unos conceptos éticos y morales superiores a los del resto. ¿Dónde queda entonces el centrado, el humilde, el sabio gobernante platónico que se sabe –o el resto sabe, pues él nunca se atrevería a confesarlo– iluminado por la gracia de la humildad y la destreza retórica para unir en comunión a unos y otros, la mayoría inmersos en un belígero espíritu de confrontación interminable (algunos consigo mismos; otros contra el resto)?
El sanedrín de los cobardes

Cuando uno lee las fascinantes páginas de los libros históricos sobre el siglo XX alcanza a comprender las razones que movieron a los grandes políticos de la posguerra a construir los cimientos de la Unión Europea. Actuaban por la necesidad de reconciliarse con el presente y de romper con el pasado. Lo que anhelaban era olvidar el dolor y la barbarie y caminar juntos en la misma dirección: la reconstrucción de sus hogares y el futuro de sus hijos. Algunos dudarán de los principios éticos de Konrad Adenauer por incluir a antiguos miembros del partido nazi en su gobierno, o tacharán de abominable normalizar la presencia de líderes franquistas en partidos políticos demócratas pasada la Transición, pero nadie negará –salvo un necio o un adoctrinado– que aquellos hombres que promovieron cambios reales sin derramamiento de sangre fueron grandes líderes que pusieron en marcha la maquinaria de la paz aprovechando aquello que nos unía como humanos y desechando lo que nos diferenciaba.

Que exista una transición pacífica en el traspaso de un régimen a otro no solo depende del carisma o el liderazgo de un individuo. Deben existir las condiciones socioculturales propicias para crear un ambiente de acogida y consenso. La gente que sufrió los bombardeos del ejército nazi o las atroces represalias del implacable régimen soviético estaban unidas frente a lo que sabían que no querían: la barbarie. Sin embargo, en estos tiempos líquidos y volátiles donde la opinión pública es fácilmente moldeable por los tentáculos del marketing y la demagogia, es difícil delimitar y comprender qué queremos realmente.

Nos quejamos de nuestros políticos y de la falta de diálogo, pero debemos mirar hacia nuestro interior para preguntarnos si no somos nosotros quienes impedimos que se tracen líneas transversales entre diferentes corrientes de pensamiento por miedo a aunar bajo el mismo paraguas electorados ideológicamente diversos. Eso nos obligaría a deconstruir nuestro sistema de pensamiento y aceptar como igual aquello que muchas veces condenamos. El individualismo postmoderno nos ha condenado al aislamiento. La falta de diálogo entre los políticos gobernantes se puede interpretar como una proyección de nuestra deriva sociológica.

Richard Hoggart advirtió en 1957 de cómo el hedonismo –una suerte de individualismo– nos estaba llevando hacia una insana cultura de masas donde el sensacionalismo y los productos de consumo eran peores que aquellos valores a los que pretendía sustituir la liberalización de las costumbres. Marcuse consideró que la sociedad de consumo que se estaba fabricando en la posguerra acabaría por deshumanizarnos. Mucho antes, el periodista y escritor G.K. Chesterton anticipó en Lo que está mal en el mundo de la facilidad de algunos hombres para imponer remedios que otros contemplarían como la peor de las enfermedades. Los tres previeron que la irrupción de la cultura del “ego”, potenciada por un capitalismo salvaje e inhumano, acabaría por aislarnos socialmente, creando un clima propicio para el conflicto entre semejantes, lo que en última instancia desarrollaría gobernantes ajenos a su pueblo, a veces personalismos mesiánicos como Salvini, Trump o Bolsonaro, únicamente interesados en el poder y no en el bienestar común.

El egoísmo individualista es una de las razones que fomentan las políticas de trinchera, los dardos dialécticos y el argumentario partidista. ¿Es esta actitud de nuestros políticos, cada vez más escorada hacia planteamientos radicales, fruto de la maleabilidad del pensamiento de los aldeanos globales? ¿No provoca la necesidad de inmediatez que nos transformemos en seres impacientes, frustrados, amargados e intolerantes, en ese concatenado orden de involución, y que eso nos aísle de los demás individuos provocando diferencias insalvables? ¿Y no es la causante –o al menos el engranaje acelerador– la sobrexposición tecnológica, diseminada como un virus por los cuatro jinetes del apocalipsis –Google, la anfisbena Apple-Android, Facebook y Twitter– la que nos aturde y encierra en nuestra psique?

Tal aturdimiento permite que mensajes superficiales nos impacten con facilidad. Bajamos la guardia. Los datos generalmente no son contrastados por los lectores, especialmente en el caso de los más jóvenes y más mayores, pues muchas veces responden a titulares sensacionalistas que apelan a emociones terrenas –como hace el populismo– y se aceptan sin dilación, lo que da alas a la propaganda. Los mensajes, prefabricados y destinados a un público concreto, se clavan como agujas hipodérmicas en el inconsciente colectivo y se aprehenden sus postulados. El peligro es que esas agujas tienen diferentes colores: rojos, azules, naranjas, verdes, morados. Cada una representa una idea fija inamovible que acompaña a cada individuo para siempre si no es capaz de arrancársela antes de que inocule su virus cegador.

Entonces, ¿cómo casan estos tres elementos, a saber, el individualismo, la inmediatez y la falta de diálogo político? Todas están interrelacionadas. La inmediatez, auspiciada por las redes sociales, el consumismo enfervorecido y la publicidad, despersonalizan al individuo, que queda aislado de la sociedad, lo que le incita a construir una imagen de sí mismo ajena a los demás. Cuanto más dependiente se hace de la tecnología y el consumo, más se ofrece el ego a prostituir su alma con emociones y experiencias superficiales. Esto desemboca en una frustración constante: cuanto más se tiene, más se quiere. Aislamiento y falta de comunicación. Volvemos al ejemplo del espejo: lo que vemos en los demás es lo que somos realmente. Los políticos no son sino el reverso de la misma moneda. Al fin y al cabo, también son humanos. Humanos mediocres inmersos, de nuevo en palabras de Carpentier, en un desaforado tornasol de ideas.

Algunos hinchas defenderán las espurias triquiñuelas de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias amparándose en su legitimidad ideológica como defensores de nosequé izquierda; otros blanquearán y justificarán los requiebros ideológicos de un irreconocible –hasta para él mismo– Albert Rivera, y todavía existirán quienes consideren que la maquinaria mafiosa del PP y su desfasado germen ultra, Vox, han venido a salvarnos de los hippies y las feminazis que brotan de las entrañas de la postmodernidad para comerse los mocasines de sus bien alimentados hijos. Sin embargo, todo son espejismos de una realidad manipulada por las redes de pensamiento masificadoras, de las que todos, hasta los generadores de opinión, son parte orgánica y hasta padecen sus consecuencias. Vamos a la deriva hacia una sociedad que padece una severa crisis de identidad, y ese reflejo se percibe en nuestros gobernantes. Iker Jiménez se preguntó una vez qué daba más miedo, si pensar que el mundo está dirigido por un grupo de hombres y mujeres extremadamente poderosos y conscientes de sus actos o que el barco navega sin timonel a través de un ignoto océano de incertidumbre. Es difícil saberlo. Probablemente muramos sin conocer la respuesta.

En cualquier caso, esta situación no es irremediable. No quisiera ser yo artífice de pesimismos crónicos. El ser humano ha demostrado su adaptabilidad a las circunstancias más extremas. Tan solo hacen falta voluntad política y compromisos sociales para cambiar el mundo. Que de entre los escombros del contrato social broten nuevos líderes humanistas que sepan atraer electorados muy diversos. Políticos transversales con políticas transparentes. Es la única manera de que nuestros anómicos y cobardes dirigentes abandonen los sanedrines, las conspiraciones de palacio y la comodidad de los sillones y salgan a la calle a hacer del mundo un lugar mejor.
 

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