ANÁLISIS | DESINFORMACIÓN

Bulos y desinformación en las redes: la otra cara de los políticos en campaña electoral

Los bulos (mal llamados fake news) tienen un peso determinante tanto en el ámbito político como en el mediático y, en consecuencia, en el social. El escenario idóneo para la difusión de desinformación suele venir propiciado por las campañas electorales, cuyo único objetivo es el de conseguir el mayor número de votos posibles de cara a las elecciones. Se trata de ganar poder, aunque dichos bulos puedan desestabilizar democracias.
Captura de vídeo del debate de los candidatos a la presidencia, (i-d) Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Santiago Abascal (Vox), Pablo Iglesias (UP) y Albert Rivera (Cs) el pasado 4 de noviembre de 2019, de cara a las elecciones del 10N.
Captura de vídeo del debate de los candidatos a la presidencia, (i-d) Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Santiago Abascal (Vox), Pablo Iglesias (UP) y Albert Rivera (Cs) el pasado 4 de noviembre de 2019, de cara a las elecciones del 10N.
Bulos y desinformación en las redes: la otra cara de los políticos en campaña electoral

En el lado opuesto está la ética: la única vía posible para espantar de los discursos de los candidatos datos que no se corresponden con la realidad. Pero ¿es factible una relación política-ética? La problemática de los bulos es ahora de mayor calado debido al desarrollo de la tecnología y las plataformas digitales: han aumentado la velocidad de propagación y la magnitud de la audiencia en plataformas que conectan a los poderes con los votantes, saltándose así al tradicional intermediario, la prensa, cuya función es la de verificar o desmentir el discurso y la comunicación política de los cargos públicos.

La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) apela a los periodistas y medios a “extremar la verificación de lo que exponen los candidatos en mítines, entrevistas y debates, a fin de no dejarse arrastrar por estrategias de desinformación interesadas”. Sin embargo, si los medios primero reproducen los discursos sin filtros y luego hacen el trabajo de verificar, esto último no le llega al posible votante. Pongamos el ejemplo de los debates electorales. Con Pedro Sánchez (Partido Socialista), Pablo Casado (Partido Popular), Albert Rivera (Ciudadanos), Pablo Iglesias (Unidas Podemos) y Santiago Abascal (Vox), el pasado lunes se celebró el único debate de los candidatos a la presidencia del Gobierno para las elecciones del 10 noviembre de 2019. Se trata de la cuarta cita con las urnas en los últimos cuatro años, después de las del pasado 28 de abril de 2019.

Este espacio televisivo abierto a los cinco políticos con todas las posibilidades de mentir a los televidentes "fue la estrella televisiva, con casi un 53% de audiencia", señala infoLibre.es: "Más de ocho millones y medio de espectadores conectaron con las once televisiones que lo emitieron". Decenas de periodistas trabajaban a contrarreloj para comprobar las afirmaciones de los candidatos, pero el resultado llegó al día siguiente en los periódicos. ¿Y qué eco tendrán los desmentidos? Difícilmente lleguen a los más de ocho millones de personas. Se deduce, así, que los políticos salen indemnes de tales irresponsabilidades y falta de ética.

"¿Ya ha acabado usted de mentir? Ahora me toca a mí", dijo el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, para tomar la palabra durante el debate electoral del 23 de abril, que preparó el terreno para las elecciones de 28A.

Antecedentes

La desinformación ha sido una de las mayores preocupaciones durante los periodos electorales nacionales e internacionales. Desde que Donald Trump llegase a la presidencia de los Estados Unidos con una comunicación caracterizada por la falsedad y el intento permanente de desacreditar a la prensa, el temor a que los electores lleguen a los días de votación manipulados por el discurso de los candidatos políticos ha levantado el miedo de algunas instituciones, y también de ciertos sectores de la sociedad civil.

En el caso del Brexit se vislumbra una situación que explica una ciudadana británica para el canal Sky News. "¿Quieres que haya referendos hasta que salga el resultado que tú quieres?", le pregunta el periodista. "La democracia es un proceso continuo (…). Sabemos más ahora, y la gente debería querer votar cuando saben cuáles son los problemas. No debería querer votar cuando les han mentido, y no deberían querer que le respetasen ese voto, porque no merece respeto", justifica ella.

Tendencias en la desinformación

"Las noticias falsas, hoy tan de moda en las tertulias gracias al glamour del anglicismo, han servido para derribar tronos y encumbrar tiranos a lo largo de sucesivas centurias. Dinámica que, salvando las distancias, pervive con nitidez en el escenario electoral", escribía el experto en Comunicación Empresarial y Política, Jesús Parralejo Agudo, en referencia a las elecciones generales del 28A. Añadía que el auge de esta práctica "se debe a la ausencia de límites en la manipulación de los electores" y que, por tanto, el auge de la propaganda y los populismos se dan por un "modus operandi que no responde ni a la estrategia, ni al rigor, ni al respeto que tanto el canal como el receptor merecen en la ecuación comunicacional".

Sobre bulos versa el Salvados Desmontando Palace, acerca del falso documental del 23F, en el que Jordi Évole le pregunta a Iñaki Gabilondo y a Sergio Pàmies por qué hablamos tanto de fake news, cuando han existido siempre. Gabilondo respondía que nunca se habían propagado con tal velocidad y extensión, y apuntó a la globalización y las nuevas tecnologías como agentes determinantes. Por su parte, Pàmies, agregaba: "Como instrumento político de resolución de conflictos la mentira tiene un potencial brutal, porque la verdad es mucho más cara, requiere de mucho más esfuerzo y más compromiso por parte de los que la practican". El gran cambio, según este periodista, es que "las trolas de toda la vida" tienen ahora "una industria poderosísima y muy rentable para cambiar la realidad" porque está "al servicio de intereses políticos y económicos. Es igual que se demuestre, lo importante es lo que queda: el ruido, porque es estridente y ensordecedor".

De la conversación entre estos tres periodistas surgen varias cuestiones que están en el núcleo de la problemática de la desinformación: el desarrollo del canal informativo a partir del avance de las tecnologías; la desinformación en sus diferentes formas, como las mentiras emocionales o las distorsiones racionales; y la importancia del ruido, aunque se desmientan los bulos, para crear imaginarios.

Esta última idea es lo que el reputado lingüista George Lakoff desarrolló en su ensayo No pienses en un elefante. Según la tesis de Lakoff, la "idea de que los políticos deben decir la verdad se ha quedado anticuada. Ahora se lleva infantilizar a los votantes y reemplazar el debate político por la contienda de los valores y las identidades", recoge el filósofo José Luis Pardo. Lakoff, en su libro, advertía a los políticos: "No puedes ganar exponiendo simplemente hechos ciertos y mostrando que contradicen las reivindicaciones de tu oponente. Los marcos prevalecen sobre los hechos. Los marcos de él se mantendrán y los hechos rebotarán". 

En la mentira política, tanto la tendencia emotiva como la racional se complementan. La experta en comunicación política María José Canel afirmaba en un debate del pasado abril con la Asociación de la Prensa de Madrid, sobre Comunicación Política y Desinformación, que habría que poner el acento en otras manifestaciones más sutiles, como la de construir "historias bonitas para ocultar el argumento, banalizar contenidos apelando a la emoción, anestesiando la razón". Los políticos ponen a disposición de la opinión pública cualquier tipo de manipulación para ganársela. 

"Daba muy buenos resultados –señalaban Noam Chomsky e Ignacio Ramonet en Cómo nos venden la moto (1995)– cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor". ¿No ha pasado acaso esto con el "orgulloso de ser español"?

Los partidos como Podemos explican cada vez que salen en la televisión qué es ser español para ellos. Intentan aunar así mensajes emocionales con racionales, pero el sentimiento de "ser español" –al ser un concepto vacío de contenido– no puede explicarse con palabras, pues el mensaje que llega a un mayor público será el discurso emocional más puro y directo: aquel que usa los símbolos propios de dicha idea, bandera o himno, y por el que no hay que pensar.

El papel de las tecnologías

Trump es el paradigma de los nuevos actores políticos que saben usar y crear una estrategia y una estructura para difundir su mensaje "envuelto en una capa de verdad": "Usando los medios de comunicación de una forma integral, 360 grados: a través de la televisión, la radio, los medios digitales, los canales sociales y los periódicos. Adaptando su mensaje a cada plataforma", señala Pepe Cerezo, según recoge Miquel Pellicer en el libro La comunicación en la era Trump.

Hay diferencias entre los canales de las nuevas tecnologías. Facebook o Twitter han tomado decisiones opuestas sobre la publicidad política. Mientras que la primera, la compañía de Mark Zuckerberg, aseguró que no verificará el discurso político, la segunda, de Jack Dorsey, anunció mediante tuits que pondrán fin a la publicación de "propaganda política pagada" porque consideran que "el mensaje político debe ser ganado y no comprado". Por el otro lado está WhatsApp. La aplicación de mensajería ha pasado a ser uno de los canales donde más mentiras con fines políticos se concentran, sin que puedan ser comprobadas por su carácter privado. 

Según un estudio de la organización Avaaz realizado en plena campaña electoral del 28A, "9,6 millones de personas han recibido por este medio de mensajería bulos contra la izquierda y discurso de odio". El informe, considerado como una señal de alarma para la libre elección de todos los votantes españoles, apunta que WhatsApp "se está convirtiendo en la Dark web de las redes sociales, donde la difusión de mentiras racistas y de odio pasa desapercibida gracias a su naturaleza encriptada y privada", explicaba el director de campañas de Avaaz, Christoph Schott, según recoge eldiario.es.

No sería la primera vez. Tras las elecciones andaluzas del 2 de diciembre de 2018, el periodista de El Confidencial Guillermo Cid escribía sobre "el arma secreta de Vox en la red": "Tras una noche que nadie se esperaba, hay muchos que aún intentan explicar cómo un partido de extrema derecha como Vox, sin estructura y que estuvo a punto de no presentarse, ha conseguido colarse con 12 diputados en el parlamento regional (…). Emulando otros fenómenos políticos como el de Jair Bolsonaro en Brasil (que incluso fue acusado de contratar empresas para crear campañas en WhatsApp saltándose la ley), el partido comandado por Santiago Abascal lleva meses centrando gran parte de su poder de comunicación en la aplicación propiedad de Facebook, y en esta ocasión ha puesto toda su maquinaria a trabajar para sacar el máximo rédito posible. Ante la falta de visibilidad en televisión o en otras redes como Twitter o Facebook, copadas por los partidos más grandes, los conservadores encontraron en esta app un entorno aún virgen en nuestro país y han conseguido que sus mensajes corran como la pólvora".

Con las elecciones se ha puesto de relieve la ley que limita la propaganda electoral, que tenía como intención "igualar la batalla política para que los partidos tuvieran posibilidades similares", explicaba a El País la politóloga e investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona Berta Barbet. Sin embargo, "la ley que controla las normas de estas elecciones se aprobó en 1985, cuando Twitter, Facebook y WhatsApp ni siquiera eran un proyecto".

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