ANÁLISIS

Periodismo, medios y democracia

Hoy podría hacer una pieza compleja, como las que suelen hacer mis colegas periodistas cuando pretenden analizar fenómenos de calibre y que representan tal magnitud en la sociedad. Podría venderos que estoy haciendo un extenso trabajo académico sobre leyes de medios en el mundo, donde analizo el impacto que ha tenido la globalización en las sociedades contemporáneas, y cómo los grandes procesos de concentración mediática que han tenido lugar tras los 80, de la mano del triunfo sin parangón del neoliberalismo, han depauperado la calidad de nuestros sistemas de medios y, por ende, de nuestras democracias. Pero hoy no, hoy no toca dar lecciones a nadie; hoy toca explicar un asunto para nada complejo o, lo que es lo mismo, bastante sencillo, como lo explicaría Don Mariano Rajoy; hoy toca hablar de algo tan sencillo que parece ser pasado por alto de manera sistemática.

Vista de una pancarta en la que se lee "Ley de Medios es pueblo" durante una protesta en la Universidad Nacional de La Plata | Jordi i Sarrión Carbonell
Vista de una pancarta en la que se lee "Ley de Medios es pueblo" durante una protesta en la Universidad Nacional de La Plata | Jordi i Sarrión Carbonell
Periodismo, medios y democracia

Recuerdo con especial cariño cuando un día, quien fuera mi profesor de Teorías de la Comunicación, el catedrático Enric Saperas, me dijo una frase que me marcó para siempre: “He pasado toda mi vida leyendo y exaltando a los intelectuales y me he dado cuenta que lo que necesita este mundo son expertos”. Más de tres años han pasado ya desde que me dijo aquello y todavía sigo dándole vueltas. Si bien creo fundamental la tarea del intelectual orgánico (si me permitís los términos gramscianos) —que no es más que el académico que sirve a la construcción de hegemonía en un sentido progresista en determinados ámbitos de la sociedad— también pienso que, si algo sobra en nuestro mundillo social son pedantes que siquiera son capaces de entenderse a sí mismos. Por eso, como creo que hay que llamar a las cosas por su nombre, a quienes defienden el “periodismo objetivo” les llamo, o bien ilusos o bien, en el peor de los casos, lacayos.

No sé en vuestras facultades, pero al menos en la mía hay algo que me costó bastante entender: me estaban formando para ser el empleado modélico de cualquier empresa periodística. Con la inestimable ayuda del uniformizador Plan Bolonia, que te instruye para ser uno más y anula a base de trabajos grupales y a golpe de rígidas guías docentes todo juicio crítico y toda ilusión por poder crear proyectos periodísticos diferentes y emancipadores. Al fin me di cuenta: tenía más asignaturas para conocer disciplinas relacionadas con el periodismo y para manejar los medios técnicos necesarios en el mundo periodístico que asignaturas donde se nos enseñasen a cuestionar el modelo mediático establecido. Puedo contar con los dedos de la mano esas asignaturas, que deberían ser centrales en cualquier carrera social, pues central es el papel que cualquier periodista juega en una sociedad y la responsabilidad que este adquiere cuando firma un contrato, máxime en la era de las fake news y la desinformación air varié.

Y así fue cómo, al tiempo que desarrollé por mi cuenta el periodismo que me gustaba por las mañanas —al que dedicaba todo mi amor y pasión— fui a clases por las tardes donde, como si fuese un niño pequeño, se me mostraba el monotemático y gris mundo del periodismo hegemónico español. Y ese universo era el único que demarcaba el horizonte periodístico posible de quienes me enseñaban (y me enseñan) periodismo (con algunas honrosas y excepcionales excepciones, como la del buen Enric). En vez de enseñarnos a ser críticos con un panorama mediático que nos condena a la precariedad indefinida, se nos supeditaba a esta realidad, con el miedo como herramienta: “Si haces lo que yo te digo y te portas bien, puede que, con un poco de suerte, encuentres trabajo y puedas vivir del periodismo”.

Por esto es frecuente escuchar la negación y cambio de tema con celeridad cuando alguien cuestiona que el periodismo no puede —ni debe— ser neutral. Los medios de comunicación tienen una línea editorial. Nosotros los adquirimos o los rechazamos en base a esta, y reforzamos así nuestras opiniones. Pecaríamos de ingenuos si, como dice siempre el expresidente ecuatoriano Rafael Correa —y le dijo aquí a Ana Pastor después de ser fulminantemente despedida de RTVE—, no fuésemos conscientes de que la libertad de prensa ha sido y es la libertad del dueño de la imprenta. Una imagen muy similar al “cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”, de Kapuscinski. Que, como cantaban Los Chikos del Maíz, el mismo jefe de La Sexta saca La Razón al día siguiente. Y aquí paz, y después gloria.

¿Dónde reside, pues, el problema? Sencillo. El problema se da cuando algunos medios (en España, quizás demasiados) confunden los géneros periodísticos. Esto puede resultar perjudicial para el lector.

Pongamos por caso que un medio informa en una noticia sobre la gestión del presidente Pedro Sánchez sobre el coronavirus y pone por título “Sánchez continúa gestionando mal la crisis”. En los géneros informativos jamás debe emitirse cualquier tipo de juicio. En España y los medios del sur de Europa como Italia, esta es una tendencia que se viene manifestando desde el surgimiento de los principales diarios y que supone un gran problema para la democracia, ya que el lector o el espectador debe saber siempre si está siendo informado o si está consumiendo una información que ha sido tratada con el fin de exponer una opinión o un juicio analítico. Por tanto, el problema fundamental no es que los medios tengan una línea editorial y que los analistas y columnistas tengan una opinión sobre la realidad, sino que se nos venda opinión disfrazada de hechos

Otra de las cuestiones clave es que el hecho de que los medios sean propiedad de determinadas empresas pueda poner en entredicho la veracidad de algunas de las informaciones que estos publican respecto a determinados asuntos. Aquí encontramos dos problemas: 1) La generación de grandes monopolios mediáticos, que favorece que informaciones que podrían preocupar a los “dueños de la imprenta” no existan para las principales cabeceras de un país (en España ocurre con ciertas empresas del IBEX 35). Para este remedio sugiero el satisfyer de la comunicación: una Ley de Medios como la argentina; 2) Que la gente no sepa quiénes son los propietarios de los medios de comunicación. Si verdaderamente queremos caminar hacia democracias más avanzadas huelga que, como ocurre en países como en Alemania, los medios de comunicación hiciesen público a quiénes se deben para que, sin tratar al lector de manera paternalista, este sea capaz de extraer sus propias conclusiones al respecto.

Por último, no quiero olvidarme de las famosas agencias de verificación, como Newtral, fundada por Ana Pastor. En todo periodismo hay una función de gate-keeping, esto es, una labor de selección y de triaje, como la que existe en una almazara con las aceitunas que no cumplen con los estándares y requisitos adecuados. Pero, en el caso del periodismo…¿Qué criterios definen aquello que se publica o no se publica? Y, lo que es más importante…¿qué criterios sirven para fijar qué informaciones debe desmentir o no Ana Pastor? Estos aspectos los analizaba muy bien el compañero Roy William Cobby en Mirall. Otra de las cuestiones claves en este contexto: aprovechando que, como todo medio de comunicación hay una búsqueda de impactos y clicks…¿no puede caer el periodismo de verificación en las trampas de la extrema derecha y dar voz a reivindicaciones y a declaraciones que, hasta ese momento habían resultado intrascendentes? Esto se vio muy claro cuando, gracias a este tipo de periodismo, se hicieron virales unas declaraciones de Santiago Abascal para una revista de caza –¿cuánta gente la leerá?–, en las que reivindicaba el derecho de los españoles a portar armas.

Perdamos el miedo de una vez y saquemos las cartas que tenemos escondidas bajo la manga. Seamos claros y realistas y construyamos los medios de comunicación desde la honestidad y la transparencia. Basta de que los periodistas tengamos que ocultarnos. Basta de paternalismo y de la ingenuidad que supone que no podamos tener nuestros propios posicionamientos políticos y dejarlos atrás a la hora de cumplir con nuestro deber como profesionales. Basta de acoso y cuestionamientos sistemáticos hacia miles de profesionales —tengan estos un título que acredite que son periodistas o no lo tengan—. El verdadero empoderamiento de los periodistas no basta con repetir hasta la saciedad el mantra de la libertad de prensa: el verdadero empoderamiento para los periodistas es la libertad del periodista y la vindicación de sus derechos laborales y condiciones materiales, tenga o no un título académico. Eso lo pude aprender hablando con dirigentes sindicales del periodismo en Argentina: si los periodistas permanecemos divididos, ganan los oligopolios mediáticos.

Nota: este análisis está centrado en los medios de comunicación privados. Tiempo habrá para llevar a cabo otro sobre los medios públicos y realizar algunas consideraciones al respecto de su papel como salvaguarda de las democracias en tiempos de fake news y de la peor dictadura de todas: la del clickbait.

 

 

Periodismo, medios y democracia fue originalmente publicado en la revista Mirall que dirige Jordi Sarrión i Carbonell el 11 de abril de 2020.
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