David G. Maciejewski
23:41
29/06/19

Alas de cera

Esta semana Ignacio Aguado se reunía con Rocío Monasterio en un encuentro clandestino, como si fuera un fugitivo de la justicia popular. Sin medios de comunicación. Sin declaraciones de prensa. Todo extraoficial. "Una cena informal", aducían fuentes cercanas al partido. Pero los votantes no son estúpidos y saben que ese acto, casi una concesión, significa el levantamiento de las difusas –y poco creíbles– líneas rojas impuestas por Ciudadanos a Vox. ¿Cómo se explica sino que Juan Trinidad haya obtenido los 68 votos que le permiten presidir la Asamblea de Madrid? Tampoco es casualidad que el vicepresidente tercero de la mesa sea José Ignacio Arias, de la formación de Abascal, que tan solo tiene el 8,8% de los votos, y que Más Madrid, que ostenta casi el doble (14,7%), se haya quedado fuera de los siete puestos de la mesa. Algo que Íñigo Errejón, en justificada pataleta, pretende recurrir al Tribunal Constitucional sin demasiadas garantías.

El que se presentó hace cinco años como ejemplo del centro democrático y del diálogo pretendía conquistar un prometedor e inexplorado espacio político de carácter liberal-progresista. Pero la ambición del líder naranja, que padece esa obsesiva necesidad de los políticos de nuestro tiempo de tocar poder a cualquier precio, aunque esto implique violar su ideario fundacional, le ha llevado a truncar el rumbo y a flirtear con amistades incómodas con el objeto de incrementar su influencia. Ha arrasado los principios con los que se presentó a las elecciones de 2015, entre ellos poner a España por delante de los intereses de los partidos y abogar por el diálogo conciliador, y ha impuesto la doctrina del tacticismo político y la crispación frente a la coherencia programática: solo es válido lo que pueda dar votos. El rédito electoral es la principal motivación de Albert Rivera, y los españoles, de los que habitualmente se llama representante en la Cámara Baja sin que nadie se lo pida, quedan en un segundo plano.

Resulta paradójico que quien fuera el principal instigador del PP ahora se haya convertido en su socio preferente, o que quien llamaba a la regeneración democrática ahora facilite la llave de Gobierno a partidos que llevan décadas en el poder en autonomías como Murcia, Castilla y León y Madrid. Ciudadanos es un partido mutante que sopla con el viento que más le convenga. De ahí que siempre se le haya tachado, con acertada malicia, de "veleta naranja". Infiel a sus principios, ha dedicado más tiempo a hacer lo que dijo que no iba a hacer (facilitar el Gobierno de Rajoy, no pactar nunca con el PSOE, no formar parte de un Ejecutivo que no gobiernen, no sentarse a negociar con Vox) que a delimitar una política moderada y progresista que pueda conseguir cambios sustanciales y regenerativos para España y Europa.

Lo que está claro es que PP y Ciudadanos, enemigos de patio reconvertidos en dúo inseparable de matones hasta nuevo aviso, han decidido poner el veto a la izquierda para levantárselo a la ultraderecha. En vez de recuperar un espacio moderado, ahora en manos de Pedro Sánchez, los de Rivera han optado por arrimarse al calor de Vox a pesar de que eso traicione sus principios liberales. Al sentarse a negociar con la formación de Abascal y tras mimetizarse con el discurso de Pablo Casado, Rivera ha tomado su decisión. "La suerte está echada", decía Julio César al cruzar el Rubicón. Han preferido formar parte de un pacto de perdedores en vez de tener sentido de Estado. Desdecirse de nuevo, con un nivel de credibilidad tan bajo, sería practicarse un harakiri político.

La periodista Rosa Villacastín resumía esta inesperada deriva de Ciudadanos en un tuit: "¿Alguien se imagina a Adolfo Suárez, a la UCD, pactando con Blas Piñar (Fuerza Nueva)? Es lo que está haciendo Albert Rivera con Vox. Que no engañen más a la gente que les ha votado de buena fe, pensando que iban a regenerar la politica". Asimismo Francesc de Carreras, uno de los fundadores de Ciudadanos, criticaba a su líder en un demoledor artículo publicado por El País: "El joven maduro y responsable se ha convertido en un adolescente caprichoso que da un giro estratégico de 180 grados y antepone supuestos intereses de partido a los intereses generales de España".

Ya sabemos que Ícaro inició un ascenso meteórico hacia el Sol, que bien podría trasladarse a los bastante favorables resultados de Ciudadanos en las elecciones generales y autonómicas (aunque no se produjo el esperado sorpasso al PP), y en la posibilidad de acceder a gobiernos regionales muy sustanciosos como el de Madrid. Pero también recordamos que su subida acabó en una caída en picado. Jugar con la ultraderecha no ha dado nunca buenos resultados. Si Ciudadanos finalmente reconoce a Vox como su socio de Gobierno en determinadas autonomías, habrá que recordarle lo que pasó con el ÖVP del excanciller Sebastian Kurz en Austria: las alas de cera de quienes tratan de tocar las estrellas al final acaban chamuscadas.

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